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Las manifestaciones eruptivas van a disminuir progresivamente para desaparecer durante el año 1852. Pero, las conclusiones de la comisión científica dejan perplejo; explican en parte las reacciones que condujeron al drama de 1902. Lo que podemos afirmar: Es que la erupción del 5 de agosto fue un acontecimiento muy local, limitado esta vez a la arruga dicha río Claire, y cuyos efectos no se hacen ver a lo sumo más que en una era de 8 a 9 ciento metros. (...) Que las cenizas o lodos son las únicas materias rechazadas por el volcán. Que no encontramos ni lavas ni rocas incluso de la más pequeña dimensión que pudieran informarse a la erupción. Que la constitución geológica de la Montaña-Pelar hecha rápidamente es verdadero, y con conocimientos limitados, no hizo ver flujos de lava (...). Estas lavas existen sobre todo en la vecindad de los volcanes que vomitan fuego. Que esta constitución geológica del monte Pelé lleva a pensar que las erupciones anteriores cuya esta montaña pudo ser la sede (erupciones cuyos cráteres se encuentran al menos dos, el del Etang Sec y el lago actual.) debieron ser de la misma naturaleza que la erupción del 5 de agosto. Que todo certifica que debemos classificar el monte Pelée entre los volcanes de cenizas y lodo y no de los volcanes de fuego. Que el monte Pelée examinado en todos los sentido no presentó ni rajas, ni desmoronamiento, ni desplazamiento de aguas, que por lo tanto la acción de la erupción del 5 de agosto fue muy circunscrita. Que la ciudad de Saint-Pierre ubicada a más de 10 kilómetros y el burgo de Prêcheur a 7 kilómetros parecen tener nada que temer de las erupciones, incluso mucho más considerables de la que acaba de tener lugar. Que nada en el suelo en el cual se basan esos establecimientos indica grandes convulsiones: que para alcanzar la vivienda Ruffin y la vivienda Eynard que son los más próximos a las bocas, sería necesario suponer un desorden bien diferentemente importante que el que existió. Que las materias vomitadas por las bocas actuales ni siquiera alcanzaron en la vecindad de estas bocas una altura de más de un metro; que encuentran por la cuesta general del lugar y por la excavación del río Blanche una salida natural en la cama de este río que los lleva al mar. Por eso los agricultores de las viviendas que habían huido en la primera sorpresa excitada por la erupción, desde recuperaron sus residencias, y se suministran a sus trabajos, sin tener cuidado con las detonaciones que tienen lugar de vez en cuando, no que al olor de hidrógeno sulfurado que se hace sentir continuamente. (...) Pues en resumen el volcán de monte Pelée parece deber ser una curiosidad a añadir a la historia natural de nuestra Martinica, curiosidad que los extranjeros querrán visitar y que por la industria de los habitantes quizá una fuente de salud y riqueza. Por tiempo calma los buques que llegan de Francia y que ven ondular este largo penacho de humo blanco, que se eleva derecho hacia el cielo, deben encontrar que es una decoración pintoresca añadida al país y el complemento que faltaba a la majestad de nuestro viejo monte Pelée. Esta interpretación será pesada de consecuencias cerca de 50 años más tarde, puesto que consolidará numerosos habitantes de Saint-Pierre y la región Septentrional en un sentimiento ilusorio de seguridad. |